Dice la carta de los hebreos que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. El don de Dios es el mismo ayer, cuando se conocieron; es del mismo hoy, cuando perseveran en su amor; y lo será por siempre. El don de su amor es irrevocable. Nunca fallará, con tal que no se aparten de su cuidado paternal.
Nosotros, los creyentes, creemos distinto. Sabemos que Dios todo lo coordina para bien de los que lo amamos y que Él guía con su sabiduría nuestros pasos hacia la felicidad completa. El Señor nos ama y nos quiere como hijos queridos. Él quiere lo mejor para nosotros. Cada acción, cada movimiento, cada circunstancia de la vida va coordinando misteriosamente para el bien de los que lo amamos. Estamos convencidos por la fe de que el encuentro de dos personas no es fruto de una simple coincidencia, sino el resultado de un proyecto de la bondad y del amor de Dios para cada uno.