Descripción
Desde que nuestro Señor Jesucristo celebró la primera misa en el cenáculo de Jerusalén y luego en la cruz, entregó su Cuerpo y dio a beber su Sangre, para entregarse a nosotros en la sagrada Eucaristía. De esta manera la santísima Virgen María glorificó a su Hijo en el santísimo Sacramento de altar, para que fuese conocido por todos y así, encender los corazones con el fuego del amor divino.
La misa es el mayor de los tesoros que nos dejó el Divino Salvador. A la hora de la muerte tu mayor consuelo serán las misas completas que, durante tu vida oíste; cada misa a la que asististe, te acompañará al tribunal de Dios y abogará para que alcances el perdón y la misericordia de Dios.